Querido Padre,
Te escribo por fin desde casa. No ha sido fácil llegar hasta aquí, porque hubo un tiempo, Padre, que no recordaba de donde venia.
Hubo un tiempo Padre, que soñaba con hacer el mal. Con mucha rabia, todas las noches me dirigía al centro de la ciudad y ponía en cada escaparate un explosivo, y cuando había terminado de colocar todos, boom, todo la ciudad llena de cristales, toda la ciudad destruida, toda la ciudad desolada.
Hubo un tiempo, que amparado en la noche, prendía fuego a todo lo que me encontraba, la ciudad se convertía en un gran infierno. Gozaba viendo como se iluminaba el cielo, y todos los habitantes, desconsolados, miraban con asombro como ardían sus sueños.
También hubo un tiempo, en el que desde lo alto de un edificio, con mirada fría y animo gélido, disparaba a toda persona que pasase por mi ángulo de tiro, quería deshacerme de las personas, porque me hacían daño.
Pero hubo un tiempo, Padre, que esto ya no me llenaba, que hacer daño a los demás no saciaba mi angustia, porque realmente, en lo mas profundo de mi alma, no quería causar dolor alguno. Por lo que pensé, que lo mejor era desaparecer, colgarme de algún sitio y que mi cuerpo apareciese sin vida, al aire, colgado en el cielo, agarrado por una cuerda, como cordón umbilical. Y lo hacia una noche y otra, pero no conseguía mi sueño, y la frustración era grande. Cada vez el dolor era mayor y mayor, y no encontraba nada que me aliviase.
Hubo un tiempo Padre, que pensé, que como no podía morir, lo mejor era huir, coger el primer sendero, y caminar hasta un lugar donde no pudiese hacer daño a nadie mas, ni a mi mismo, y quien sabe si en el camino encontraría algún lugar de paz, donde poder empezar de nuevo.
Pero volví al mundo. En la soledad tampoco lograba encontrarme, por lo que decidí hacer ruido, y todas las noches me dedicaba a poner tracas por las calles, pero no una ni dos, muchas a la vez, para que no se pudiesen oír mi gritos. Queria despertar al mundo y a quien osase dormir.
Una noche y otra, pero ¿porque pararse en solo dar ruido, si por primera vez, también podía crear belleza?. Entonces soñé, en despertar a las personas con bellos fuegos artificiales, los más grandes y coloridos fuegos nunca vistos, que llenasen todo el cielo, toda la ciudad de magia, de luz. Con las mas variadas formas, lanzando mensajes de amor. Si Padre, por primera vez, quería hacer algo bello, que despertasen rodeados de belleza, aunque lo llenase todo de ruido, para que entre tanta belleza no se oyesen mis lamentos.
Hubo un tiempo, Padre, en que soñaba con encontrar un libro, en el que hallase la paz, en el que me encontrase, en el que me pudiera sumergir y hallar la verdad. Y entonces algo cambio en mi, Padre, y pensé en como hacer felices a los demás.
Hubo un tiempo, Padre, que me subía a las alturas, y desde allí lanzaba a las personas dinero, cientos de billetes, a todas y cada persona que veía, a toda y cada una de las personas que me encontraba, les quería dar riqueza, hacerles felices por un momento, Padre, darles quizás, lo que para mi hasta ese momento, más podían desear. Pero me di cuenta, que los fuertes se lo quitaban a los débiles, que los mayores se lo quitaban a los niños, que el dinero no tiene alma y la felicidad no esta aquí afuera.
Y entonces, Padre, lo sentí, por fin sabía que es lo que había en mí que pudiera dar, que quisiera repartir. Por fin, encontré lo que buscaba.
Padre, recordé donde estaba mi casa.